El pasado viernes 16 de Octubre me encontraba sentada en el sofá. Estaba nerviosa. Había sido un buen día en el trabajo, el fin de semana ya había empezado oficialmente y, sin embargo, esa tarde iba a ser difícil. Al día siguiente sería ponente en un evento sobre metodologías ágiles. Y no dejaba de pensar: ¿por qué estoy haciendo esto?

Era viernes. Podía hacer la maleta, ir a visitar a mis padres, salir con mis amigas esa noche. O simplemente descansar, leer durante horas, dar un paseo, cenar por ahí. Pero no, ahí estaba, frente a las diapositivas que terminé hacía una semana y que no me acababan de convencer. Mi ponencia trataba de la relación de metodologías ágiles con metodologías UX. Ya hablé sobre ella en este post, y en él se me notaba bastante emocionada, ¿verdad?. Pues más bien, estaba cagada.

No es la primera charla que doy, ni siquiera la primera en la que hablo sobre la experiencia de usuario. Debería sentirme cómoda, sé de lo que voy a hablar, ya lo he hecho antes. Pero iba a asistir gente de mi trabajo, gente de la universidad, gente que me lleva años de experiencia de ventaja y frente a los cuáles tengo la sensación de que en realidad no tengo ni idea de nada. Gente de mi entorno me ha dicho muchas veces: ‘Báh, si a ti te gusta dar charlas”. Como si sólo por eso fuera fácil. Y pienso, ¿de verdad me gusta dar charlas?

Practico la charla una vez más. Se me queda un poco larga, más de 45 minutos, tengo que acortar. Me he trabado en un par de diapositivas, esto va a salir mal. Repaso un poco más el guión y el storyboard, me hago la cena y me pongo YouTube.

Por casualidad, acabé en una charla megainteresante que daba una chica acerca de robots programados con NodeJS, una chica divertida, dando una charla amena, de manera natural. Me gusta. Copio un par de ideas suyas y las adapto a mi charla, a última hora. ‘Bueno’, pienso, ‘Aunque me salga mal, que no sea porque no estoy siendo natural o porque no me gusta de lo que estoy hablando’.

Al día siguiente, me levanto una hora antes de lo previsto para ensayar una vez más. Un poco mejor que ayer, pero nada del otro mundo. Preparo cámaras de fotos, intento peinarme, recojo la casa y pongo rumbo al evento.

Era la segunda ponente, justo antes del break de café y networking. Había gente que conocía, amigos que sabía que vendrían, amigos que no esperaba ver y me alegró verlos, gente del trabajo, conocidos de la universidad, y por supuesto, gente que no había visto en mi vida. Mi charla duró alrededor de unos 35 minutos al final (escribí un post con la crónica del evento. Me lo pasé bien. Sé que me equivoqué un par de veces. Sé que me olvidé de decir algunas cosas. Sé que improvisé cuando me quedé en blanco, y esperé que no se notara demasiado.

Entonces ya podía responder a la pregunta que me formulaba el día anterior. ¿Por qué estoy haciendo esto? ¿Por qué dar una charla?

1. Preparar una charla te obliga a profundizar y aprender en un tema.

Me he quejado en muchas ocasiones de que había cierto tema en alguna asignatura de la universidad que no me gustaba en absoluto, pero que tenía que estudiarme por obligación. Aprender por tu cuenta es algo bastante difícil y que siempre he admirado mucho, porque hace falta mucha motivación. Al prepararte una charla, no te queda otra que estudiar, leer, leer, y releer, hacer esquemas, aprender. Y sobre un tema que has elegido. Puedes conducir el tema por donde más te interese. Es, en realidad, una gran oportunidad.

2. Tienes la oportunidad de expresar tu opinión sobre un tema o una causa que te importa.

Hay quien piensa que dar una charla es puro postureo. Que lo que quieres en realidad es demostrar lo mucho que sabes sobre un tema, parecer importante. Y nada más lejos de la realidad. Dar una charla es una oportunidad para opinar y difundir. No se da una charla de cualquier tema al azar.

3. Mejoras tu oratoria, así como tus habilidades de comunicación.

Enfrentarte a hablar delante de otras personas hace que salgas de tu zona de confort. Cuando era pequeña, mucha gente se metía conmigo o resaltaba que hablaba muy rápido y que no se me entendía. Gracias a practicar delante del espejo para exposiciones y charlas, he conseguido hablar más despacio y sobretodo, vocalizar, como se puede escuchar en este vídeo (un poco antiguo lo de CSS, sí, pero no pasa nada).

4. Conoces a gente.

Durante el networking, en las pausas entre charla y charla, en la salida del evento… Acabas compartiendo opiniones e ideas. Comentas experiencias personales, conoces historias de personas que se dedican a lo mismo que tú o que están interesadas en los mismos campos que tú. Esto hace que te sientas motivado a seguir trabajando, estudiando o dedicándote a aquello que te gusta. Es más, si estás buscando trabajo, es una buena forma de darte a conocer, de mostrar tus habilidades. En muchas ocasiones, no todo es tirar de currículum, sino que vean cómo te expresas, que eres una persona a la que le gusta aprender y compartir.

Dar una charla es díficil. Quita tiempo. Puede producir estrés. Pero es una buena experiencia.